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Un poco de decoro… ¿es mucho pedir?

No es una broma de mal gusto, es la Clínica Alzheimer, de Frank Gehry

No es una broma de mal gusto, es la Clínica Alzheimer, de Frank Gehry

Vivimos una época, de la que parece que no hemos salido del todo, en la que la arquitectura olvidó el decoro. Vitrubio, allá por el siglo I a.C., definía ese decoro como “el aspecto correcto”, “la perfecta adecuación del edificio”. Y ejemplificaba diciendo que habían de emplearse columnas dóricas si un templo estaba destinado a Marte; o vestíbulos elegantes si el edificio es magnífico… Lo primero nos resulta lejano, pero lo segundo lo entiende cualquiera. Pues bien, ese decoro exige, por ejemplo, que un auditorio tenga un acceso de grandes dimensiones, o que la imagen de unos juzgados sea la propia de un uso público e institucional.

Desgraciadamente, ya sea por una buscada estética de la “tergiversación” o por mera ineptitud, hemos construido las últimas décadas juzgados que parecen oficinas, oficinas que parecen naves industriales,  viviendas que parecen oficinas, residencias de mayores que parecen hospitales.

Los arquitectos que fundamos la asociación Jubilares siempre hemos defendido una arquitectura decorosa, esto es: los edificios han de parecer lo que son. Y algo más: una arquitectura humana, para las personas que las viven. Ambas cosas significan que los hogares para las personas, sean de la edad que sean, son hogares y una mínima ley de decoro dice que han de parecer hogares. Esto es aplicable a los jubilares, pero también a las residencias de mayores, a los senior resorts, los apartamentos con servicios o los tutelados…

La foto de arriba muestra un edificio proyectado por Frank Gehry. No se trata de una broma de mal gusto, el edificio ya está construido y es una  clínica para personas con enfermedades degenerativas del cerebro, como Parkinson, Hurrington o Alzheimer. ¡Allí viven personas!

Las arquitecturas-manifiesto las sufren sus propios usuarios, como si no fueran los destinatarios de esos muros y espacios. El ejemplo es escandaloso, ciertamente exagerado, pero a nuestro alrededor existen múltiples ejemplos de edificios donde residen mayores en los que primando el carácter sanitario sobre el residencial, o donde por una pretendida “funcionalidad” tanto en el exterior como en el interior, se arruina la sensación de hogar. Creemos que se trata de un grave error de decoro.

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Conjunto de viviendas para mayores Fredensborg, del arquitecto Jörn Utzon

Los protagonistas de los edificios residenciales de mayores son las personas que los habitan. Cualquier habitación ha de ser cálida, acogedora, ha de permitir la personalización que tiene cualquier espacio propio que habitamos a lo largo de la vida. Las casas de mayores (repetimos, se incluye cualquier tipo de residencia de media-larga estancia) han de parecer un hogar, oler como un hogar, oirse como un hogar, saber como tu hogar (sí, saber, permitiendo comidas a tu gusto, por ejemplo)… Hoy sabemos que esa sensación de bienestar que da saberse en tu propia “casa” es fundamental en la salud del que vive allí. Y esto comienza en el exterior.

Un poco de decoro… ¿es mucho pedir?

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