Las personas y las cosas

Vivimos en una sociedad marcada por el consumismo, acosados por una publicidad diseñada para prometernos una vida mejor si compramos un coche, unos zapatos o una colonia. A nuestro alrededor es frecuente ver cómo se busca alivio a las frustraciones de la vida cotidiana a través de la acumulación y en especial de la compra de nuevos objetos. Estas compras compulsivas, totalmente desconectadas de cualquier necesidad real, producen un consuelo pasajero que pronto necesitará ser repetido, produciendo un absurdo e insostenible bucle.

Quiero-montones-de-cosas

Este exceso materialista viene provocando de manera natural una variada gama de reacciones.
Entre las más radicales podemos mencionar la de los llamados Minimalistas de Ohio. Leíamos en la revista Yorokubu el artículo “Cómo desprenderse de las posesiones que nos poseen”. En él se nos cuenta la historia de Joshua Fields y Ryan Nicodemus, que decidieron un día arrojar por la borda sus pertenencias materiales y contaron en su blog la experiencia y escribieron varios libros superventas. Se ha dicho de ellos que vienen a tomar el relevo de Thoreau, esta vez en un mundo con WIFI.
En ocho meses se desprendieron del 90% de sus posesiones materiales: “Tenía mucho apego emocional a mis cosas. Pero una vez que cogí marcha, se hizo más fácil y me di cuenta de que podía deshacerme de cosas que antes me parecían imprescindibles, como esos objetos de valor sentimental que guardas año tras año, pero que no te aportan ningún valor real.”
No queremos entrar a valorar las opciones de vida que van en la línea del desprenderse de todo sin más. Salir de la ciudad, buscar un pedazo de tierra y vivir en soledad (aún con ADSL) comiendo lo cultivado por uno mismo nos parece una opción respetable, aunque en principio no aconsejaríamos la soledad ni, sobre todo, el aislamiento.

Una postura más matizada es el pensamiento de Serge Latouche, que cree que es el tiempo del decrecimiento: reducción del consumo y de la producción económica para lograr un mundo más sostenible, mediante la aplicación de principios más adecuados a una situación de recursos limitados: escala reducida, relocalización, eficiencia, cooperación, autoproducción e intercambio, durabilidad y sobriedad. “Es posible vivir mejor con mucho menos”, dice Latouche.

Por otra parte, una idea que se va extendiendo a gran velocidad es la que subyace a todo un amplio catálogo de opciones de consumo colaborativo: el de la prioridad del “uso” sobre la “posesión” (“Tener o disfrutar” se titulaba el número de la revista esPosible). En un mundo con recursos limitados se hace imprescindible ser eficiente también en el consumo, ser austeros y compartir para un desarrollo (no necesariamente “crecimiento”) sostenible.

Lo que todas estas posturas ponen en cuestión es la relación que tenemos con nuestras posesiones. Resulta indudable que establecemos vínculos emocionales con los objetos, que asociamos indisolublemente a recuerdos de personas, lugares o etapas vitales. Sin embargo, si hablamos de aliviar frustraciones, de sobrellevar las contradicciones o limitaciones que la realidad nos pone delante, no hay nada mejor que las personas.

En la generación de una comunidad de mayores (“jubilar“) es importante tener claro el papel de cada agente. Mis cosas, las que realmente necesito o aprecio, con todos los recuerdos que llevan asociadas, juegan un papel clave para ambientar mi nuevo lugar de residencia, para ayudar a convertirlo en mi casa. Por este motivo es importante que no estén sólo en mi espacio privado, sino que se integren también en las zonas comunes, que igualmente son mi casa. De esta manera, compartiendo parte de nuestras cosas, optimizamos su uso a la vez que nos siguen acompañando como han hecho siempre.

Pero si la presencia de mis cosas me ayuda a encontrarme a gusto, es la presencia de los vecinos la que sirve de soporte emocional, con quien compartir la diversión y las dudas, las conversaciones profundas y los chascarrillos, la vida con sus grandes y pequeñas cosas.

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